Crítica de ‘Avenida Cloverfield’ 10 de José Díaz

Otro film que se explica mediante la teoría del kiwi.

¿Qué harías si despertaras en un colchón pulguiento, encerrado en una habitación con una puerta de hierro estilo militar, con un suero enchufado en el brazo izquierdo, con una rodilla lastimada por un accidente (del que no recordás nada), y estás esposado a un tubo que sale de la pared? ¿Qué harías?

La joven protagonista intenta romper con sus delicadas manos de costurera las esposas, se angustia al descubrir que no tiene la fuerza de la mujer maravilla y llora. Finalmente observa que a pocos metros está su celular, así que utiliza el pie porta suero para alcanzarlo. Cuando la odisea por conseguirlo termina (mientras suena una música de tensión hitchcockiana), descubre que está roto y no tiene señal. En ese punto ingresa el malo de la película, el Gordo -aunque si vieron el tráiler desconfían que sea tan malo como parece. El Gordo dice pocas palabras en su primera entrada, solo las justas para que el espectador crea que está frente a un loco similar al de La habitación o el monstruo de Amstetten.

En la segunda entrada, el Gordo le explica que no es su raptor, sino su salvador. Le dice que, con un tono convincente que John Goodman puede hacer sin pestañar, la encontró accidentada al costado de la ruta y no pudo abandonarla, pese a que estaban bombardeando el país fuerzas rusas o marcianas. No está seguro ni le interesa descubrirlo, simplemente su plan es refugiarse en ese bunker que ha construido durante toda su vida, y ahora parece feliz de encontrarle un buen uso. Quizá por eso el Gordo te deja vivir en su refugio si le agradeces y cumplís con sus reglas. En el búnker también hay otro personaje, un chico Bobo que está convencido de que el Gordo, su antiguo vecino de granja, le ha salvado la vida.

 

¿Qué harías entonces? ¿Creerías la historia que te cuentan? ¿Hasta dónde llegarías para comprobar si es cierta? Esas son las preguntas que se repiten a lo largo de la estadía en el bunker. Un tiempo que pasa veloz en la mansión subterránea, porque el director se asegura de dosificar tensión y escenas de sorpresa para deleite del público. El director Dan Trachtenberg no parece novato en ese sentido; ejecuta desde el comienzo una oda prolija de clichés de misterio que aseguran una multitud de cuerpos tensionados.

Cuando voy al cine con ánimos de criticar una película me siento en la última fila, a un costado. La visión de la pantalla disminuye un poco, pero en compensación puedo apreciar las reacciones del público. En Avenida Cloverfield 10 hay bastante poco para ver en el público; algunas emociones de sorpresa, y los habituales gemidos nerviosos. Salvo en tres ocasiones que casi la sala completa saltó de su butaca y se agarró de la mano vecina. Véanla, vale la pena por esos tres pequeños gestos de amor cinematográfico que dio a luz Trachtenberg. Hay escenas que rozan lo poético sin querer entrar, eso también merece un medio punto a favor. Miren cuando ella conduce por la ruta sinuosa.

Las actuaciones están de bien para abajo, sufriendo un poco del abuso de rasgos estereotipados. Digámoslo según su peso actoral: el Gordo, John Goodman, recuerda que sabe desde Barton Fynk de los hermanos Coen, hacer de santo y diablo a la vez. La Chica, Mary Elizabeth Winstead, una de las chicas de “Death Proof” de Tarantino, es una preciosura que se mueve entre princesa y salvaje amazona, en momentos abruma su versatilidad. El chico Bobo, John Howard Gallagher Jr., a quien recuerdo con gusto de la serie de HBO “The Newsroom”, no se luce demasiado, pero cumple con ese típico rol de hacerse odiar por bueno.

En relación al nombre de la película, que adelantaba tratarse de una secuela, J.J. Abrams dijo que era “un pariente de sangre de Cloverfield”. J.J. Abrams tuvo un shock creativo del hemisferio derecho, el encargado del marketing de sus películas, al decir esa frase. Pero se lo perdonamos ya que tiene sentido que hable bien del film que produce. Sin embargo no hay indicios que vinculen los argumentos, y Avenida Cloverfield 10 puede tranquilamente declararse un bastardo.

El guión puede por momentos ser más o menos interesante. En una frase lo resumo en algo así: Afuera es peligroso, adentro es aterrador, ¿qué hago? La metáfora es lucida para plantear algo que nuestra sociedad tiene en exceso: miedo. Sospecho que el acompañamiento de sonido vigoroso, que por momentos descoloca, busca esconder algunos vacíos argumentales. Si uno es bondadoso, supongamos que está con ganas de encontrar una película en la cual creer por un rato, y hace algunas concesiones, el guión aprueba y entra por un tubo. Pero si uno se pone quisquilloso puede enloquecer. O reír. Pero en un thriller, reír resulta más terrible que enloquecer.

Cuando salí del cine, mientras bajaba las escaleras escuché que un chico de unos diecisiete, le preguntó con tono entusiasmado a su chica si le había gustado. Ella lo miró con una sonrisa fulminante y le dijo “Al final yo ya me reía de todo”, y brotó de ella una risa burlesca. El chico de diecisiete bajó la mirada seria hacia sus zapatillas. Él iba a decir que le fascinó, pero decidió callarse porque ella tenía razón. La risa de esa chica significa que este género está pidiendo jubilarse, ya está listo para ser parodiado hasta morir. Aunque en realidad, si uno ve atento, descubre que la película es una parodia de sí misma; en sus personajes exagerados, por ejemplo el Gordo, ansioso y dedicado a sobrevivir en su bunker, mientras baila “I Think We´re Alone Now” en el fin del mundo. En ese costado, quizá sin ser intencional, Avenida Cloverfield 10 entra en mi teoría del kiwi. Son aquellas películas que sobresalen porque no sabemos si se trata de la fruta o del animal de Oceanía, ni siquiera Google ofrece solución a esta incertidumbre. Y a nosotros nos causa una profunda curiosidad descubrirlo.

Puntaje: 7

J.E. Díaz / @jgediaz

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