La película justa y la abyecta. Sobre la película original de Netflix ‘Beast of No Nation’

El cine siempre ha sido un arte de la exhibición. No dejaremos nunca de recordar su infancia ominosa recorriendo ferias como un fenómeno que estremecía hasta el temor a la audiencia. Esa curiosidad llamada cine, que no tardó en ser rescatada por los eruditos rusos como una actualización del hombre, pronto encontraría su veta dramática en Estados Unidos, quien lo regresaría a su situación de extraño, pero esta vez como el rey de los fenómenos. Es a D.W. Griffith quien se le reconoce la creación del montaje dramático moderno. Fue el quién domesticó a la bestia para que no mordiera al público. No lo hace alivianando la temática, pues esta es variable, lo hace desde su forma: ritmo, énfasis, montaje alternado, iris, tomas fijas, escenas de batallas; todo aquello que se probó efectivo a la hora de seducir a la audiencia.

La película de Griffith fue Nacimiento de una nación de 1915 y relataba el origen del Ku Klux Klan. Desde muy temprana edad el cine ha sido motivo de indignación. Ha molestado, ha explotado y ha reiterado, y constantemente se ha salido con la suya. Pero a pesar de todo siempre opte por ver, mi decisión, siempre ha sido permitirle al cine sus pillerías, puesto que a veces suele dar en la tecla. Además, no olvidemos que, la historia da cuenta que estos villanos (los cineastas) decididos a mofarse, alivianar, justificar, o peor aún, estetizar los temas más frágiles y traumáticos terminan por movernos más a la reflexión que los beatos y los voluntariosos.

El travelling de Kapo, famoso texto de Serge Daney, expone la profundidad ética y humana de este asunto. Lo hace desdeñando un mundo sin el cine, donde “la distancia donde comienza el otro” es pisoteada por el estrepitoso tráfico del mercado. Las imágenes ya no fijan una moral con el otro, puesto que estas son mercancías. El único film digno parece ser aquel con el cual no se lucra, aquel que puede escapar de las reglas de mercado. Tarea absurda para muchos, teniendo en cuenta los medios de producción necesarios para contar ciertas historias.

¿Será que algunas historia no pueden ser contadas con dignidad? La gran verdad detrás de esta pregunta es que tenemos exactamente el cine que merecemos, la humanidad no es inocente, y no es solo por la naturaleza abominable de la guerra, no, el ser humano se ha recuperado una y otra vez de lo bélico. Es la esencia infame y miserable del capitalismo la que no ha arrebatado nuestra infancia. No se nos permite ya consideraciones a medias, no podemos suponer el fin virtuoso, el altruismo, hay siempre antes una cuestión de imagen. La imagen de la corporación, la imagen del capital, y la imagen de los hambrientos, la imagen de los cadáveres.

Dicho esto, pareciera que Beast of No-Nation, la primera película original de Netflix, dirigida por Cary Joji Fukunaga está más allá de la crítica. El film basado en la guerra civil africana se siente muy actual, muy invasivo, se presenta como el retrato cuasi-verídico del niño africano reclutado como soldado, obligado a matar y a drogarse, expuesto a las balas y a los abusos, tanto de los enemigos como de los suyos. Las situaciones del protagonista, Agu, es tan patética que se vuelve previsible a un nivel hilarante. Pero si algo sabemos de la realidad es que es más artificial que la ficción, así que no nos produce ninguna extrañeza el programa narrativo de una serie de hechos desafortunados.

Stardust Memories de Woody Allen comienza con la reflexión recurrente de que después de la realidad en el cine no hay más cine. Es decir, el espectáculo parece siempre una pantomima, algo que entorpece nuestra relación con lo que sucede en el mundo. Al final del film Sandy Bates descubre que filmar películas es un hacer en el mundo, es la forma en cual el puede intervenir en los demás, fortalecer y divulgar su preocupación por las cosas.

Es así que Beast of No Nation se convierte en un hacer y desde ese lugar tiene valor. Por supuesto, existe inmediatamente el ateneo sobre lo estético, lo cual nos asiste de manera general a pensar en la relación entre el placer y el desprecio de lo visto. ¿Acaso una no niega la otra? De una manera si lo hace, pero desde un solo lado. El que desprecia no encuentra placer, pero el que se place puede hallar un desprecio hipócrita nacido de la herencia marxista sobre el velo ideológico que obstruye la vista. Aquel que se place en realidad no está viendo, es ciego. Mientras el que desprecia al menos ve el velo, la fina tela condescendiente sobre nosotros mismos que nos pica la panza sin nunca haber sentido hambre, que nos shockea sin nunca haber ido a la guerra.

¿Qué se puede decir de las actuaciones? ¿De Idris Elba o Abraham Attah? ¿Qué se puede decir de la música de Dan Romer? ¿Del montaje y de la fotografía? Nada. No podemos decir nada que sea verdadero. Pero el film sí, y lo hace en la boca del protagonista:

“He visto cosas terribles… e hice cosas terribles. Así que si hablo con usted, me pondrá triste y la pondrá triste a usted también. En esta vida… Yo solo quiero ser feliz en esta vida. Si le digo esto a usted… usted pensará que… soy una especie de bestia… o demonio. Yo soy todo eso… Pero también tuve una madre… un padre… hermanos alguna vez. Ellos me amaron.”

Agu nos advierte, es autoconsciente a un nivel meta. Nos dice que no se hablan de estos temas. Se muestran, sí, porque el cine no tiene pudor, no tiene madre, ni padre, ni hermanos. Fue amado, pero eso quedó en el pasado. Aquellos que lo amaron hoy ya no están y solo queda el público de feria, señalando y consumiendo, absolutamente ignorante del otro en la pantalla.

La película justa, no tiene nada que ver con la justicia, por el contrario, es una en un tiempo justo, es la que la humanidad necesita, sin precaución que la quiera o no. Lo opuesto es lo abyecto, definido velozmente por Jacques Rivette, como aquello y aquellos que deben despreciarse por su falta de integridad en el momento de definir la dignidad de lo humano.

Si Beast of No Nation es una película justa o una abyecta es la pregunta que trato de resolver mientras escribo este artículo. Mi apuesta, dado que ser contemporáneo al film sólo me permite arriesgarme, es considerarla entre las justas, la visión necesaria del ahora y del otro espectacularizada por el mercado para el consumo, una visión que no debe alienarse de los medios de producción y que permita ante todo reencontrarse con el cine.

 

 

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